Anoche Lisipo, la voz de Glauco volvió,
y anegó esta orilla con un acento lúgubre,
para llenar de sombras los arenales de mi alma
y derramar una insoportable marea de melancolía.
Anoche Lisipo, la espuma del mar era amarga
mientras bramaba el viento su aullido más fúnebre.
Ahora en su estertor, la tempestad se ha hecho calma
y ya remansa mis recuerdos en esta Elegía.
Tenía que pasar. Ha pasado ya un año de su partida y su recuerdo
se vierte hoy en la tinta de esta pluma que manuscribe un caudal muy personal,
como pequeña licencia que me concedo. Lo siento, pero ya hace un año que se fue
Salva y hasta hoy, he vivido mi pena muda sin una palabra de desahogo.
Salvador Fernández Núñez, Secretario de la Delegación diocesana
de Pastoral Penitenciaria: para mí, el tito Salva. Alguien con una labor
incontestable a sus espaldas en pro de los presos en Sevilla, pero sobre todo
alguien de una humanidad todavía más plena.
De Salva decía la revista Eclessia Digital que “Él siempre
decía que su fe en Dios Trinidad sólo tenía sentido desde la opción por los
pobres y encarcelados. Vivía, con convicción profunda, un carisma especial
lleno de misericordia y compasión hacia los marginados y excluidos. Creía en el
preso, luchaba por su reinserción, llenaba de esperanza a los abatidos y
desesperados…”
Y así os podréis imaginar su funeral, con catorce sacerdotes
concelebrantes (contados uno a uno)… eso que para él, no hubiera tenido la más
mínima importancia… y el orgullo que habrá tenido mi socio, su padre y mi
abuelo al verlo desde el Paraíso ¡Uf!…
… Pero, dejadme que os hable de él esta noche y que al hacerlo,
mi voz se entrecorte entre lágrimas, como la voz de aquel cura que entre
sollozos leyó el Evangelio de su funeral: las Bienaventuranzas que él también
encarnaba. Porque además, el tito Salva es un compendio de muchos momentos y
recuerdos de mi vida. Él era sin duda el Carisma y ese carisma, es otro montón
de cosas que nadie dijo cuando se marchó. Es el agradable volver a los días de
mi infancia…
… Es en su campo en Sanlúcar la Mayor, al escuchar sus bromas y
gritos mientras corría hacia la alberca, para algarabía de todos mis primos y
yo mismo, que ya no sabríamos donde escondernos, sabedores de una segura ahogadilla…
¡Ay, barbacoas de los domingos, de sardinas asadas y recogidas de naranjas!
… Es en tardes/noches, de la antigua Secretaría de nuestra
hermandad de San Gonzalo, mientras lo veía con José José comprobar el reparto
de túnicas ¡tiempos de ingrata gestora! y unos años más tarde… unos años más
tarde fundirse en un abrazo conmigo su sobrino costalero del Señor… o es el cafetito
que siempre que podía yo le
llevaba en el Arenal, al portador del Bacalao de la Esperanza de Triana…
… Es en Nochebuenas en casa de mis abuelos, en la cocina con
Paquita su mujer, al albor de los mejillones y un poco más tarde tras la cena, en juegos de manos y
sorbitos de cava, sonsacándole el villancico de la familia a la extraviada
memoria de mi abuela. Eso y no se cuantas sonrisas…
… Es en la noche de Reyes en Triana, en Pagés del Corro, con
aquellas monedas que entresacaba detrás de las orejas de cada uno de sus sobrinos.
Es en su llamada en cada celebración, en cada onomástica, en cada momento difícil…
…Es en mi boda en San Gonzalo y en el bautizo en Santa Ana de
mis hijos Álvaro y Paula, pocos meses antes de marcharse. Como lo será dentro
de unos meses cuando nazca mi hija Rocío y vuelva a aquella pila donde él me
enseñó que por el bautizo somos “sacerdotes,
profetas y reyes”…
… Es y será siempre: ¡el tito Salva! Porque hoy hace un año, que
él vive la Vida Eterna y nosotros continuamos aquí sin su presencia, cada día
un poco más muertos…
… Allá dónde estés y porque sé que tú, a buen seguro que no
descansarás, recibe este fuerte beso de tus sobrinos y de todos los que te echamos
tanto de menos….
¡Te queremos Salva!